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Desde hace tiempo las redes sociales funcionan como confesionarios públicos, ¿pero qué efecto tiene eso sobre nuestras emociones?

Casi desde el momento mismo en que irrumpieron en nuestro presente, las redes sociales tomaron una práctica muy específica y de inmediato muy popularizada: servir como una bitácora de la cotidianidad de sus usuarios. Hoy en día, la mayoría estamos tan familiarizados con ese uso que nos parece “normal” y acaso incluso incuestionable. ¿Para eso sirven las redes, no? Las selfies, las imágenes de lo que comemos, el check-in de los lugares que visitamos y a veces incluso los pensamientos y ocurrencias que pasan por nuestra cabeza. Todo, de una forma u otra, puede encontrar expresión puntual en un post de Facebook, de Instagram o de Twitter.

En cierta forma, este fenómeno era previsible y posiblemente también fue calculado. Basta recordar que las redes sociales surgieron en el marco de la llamada Web 2.0, cuyo cambio fundamental fue el paso al usuario como protagonista del Internet. Los llamados medios sociales fueron diseñados para otorgar al usuario la generación del contenido y que fuera él mismo quien mantuviera en marcha la maquinaria que otros se encargarían de administrar. 

Si bien en un inicio el esfuerzo no estuvo exento de nobleza, con el tiempo se convirtió en lo que conocemos tan bien. Quizá nadie imaginó que la hiperindividualización de la cultura dominante resultaría en esa “feria de las vanidades” que es ahora Internet, un recurso que alguna vez se pensó como un medio de capacidad inédita en nuestra historia para intercambiar saber y conocimiento pero que ahora vive ahogado en las aguas pantanosas del narcisismo humano.

Las redes sociales, en ese sentido, llegaron a ocupar otro lugar profundamente simbólico en la cultura occidental: el confesionario. 

Es probable que la mayoría de nosotros haya visto o acaso incluso firmado alguna publicación de tipo confesional en Facebook o Twitter o cualquier otro medio: una queja contra nuestro jefe en la oficina, una declaración pasivo-agresiva contra una de nuestras exparejas, una frase que transmite ambiguamente la tristeza en la que nos encontramos, etc. El repertorio es amplio, aunque también trivial –porque la vida cotidiana así es: anodina, común, similar a la de miles o millones de personas en todo el mundo, salvo para quien la vive y menos aún en una época como la nuestra, que tanto hincha el amor propio–.

En La intimidad como espectáculo –una obra del 2008 que ahora, con el paso de los años, podría considerarse precursora pero es un referente que no ha perdido vigencia– la socióloga brasileña Paula Sibilia señaló el tratamiento “espectacular” que las personas estaban dando a su vida íntima, entendiendo ésta sí en su vertiente un poco tremebunda de “lo secreto” y “lo inconfesable”, pero también en eso simple y sencillo con que se teje día a día nuestra existencia. Eso también es la intimidad. Y eso, precisamente, es lo que toma la maquinaria de las redes sociales como materia prima para su funcionamiento y que nosotros le entregamos voluntariamente y hasta con gusto.

Y todos, en nuestra vida íntima y cotidiana, podemos tener uno de esos momentos de crisis en que necesitamos decir lo indecible. Necesitamos decir que odiamos a nuestro jefe, que extrañamos a nuestra antigua pareja, que nos sentimos solos, etc. La pregunta, en este caso, es por qué acudimos a las redes sociales a decirlo. ¿Sólo porque están a nuestra disposición? 

No es sólo porque las redes estén a nuestro alcance inmediato que las usamos como confesionario público. Es, más bien, porque la confesión es uno de los recursos de un comportamiento un tanto más amplio que solemos poner en marcha ante lo que nos sucede: evadir la responsabilidad de entenderlo y eventualmente cambiarlo.

Particularmente en la confesión católica, el mecanismo es de una efectividad pasmosa: quien ha pecado y siente culpa por sus acciones acude al confesionario, en donde al otro lado un confesor –un sacerdote– escucha la relación detallada de su remordimiento. El pecador se confiesa esencialmente porque el confesor tiene la autoridad para eximirlo de su culpa. De ahí también que, jurídicamente, la confesión sea una acción de “descargo”: literalmente, libera de una carga.

¿Qué significa esa “liberación”? En esencia, que el sujeto no tiene nada más que hacer con las acciones que resultaron en su “pecado”. Basta confesar, cumplir la penitencia impuesta, acaso prometer y prometerse no volver a hacerlo, pero… como el espíritu está pronto pero la carne flaquea, la confesión y el confesor siempre estarán ahí, para liberarnos de la responsabilidad de nuestros actos.

La confesión en redes sociales no es muy distinta. Esos “exabruptos” subjetivos en que a veces se incurre y que toman la forma de un tweet o un post de Facebook son, con cierta frecuencia, el intento de liberarse de algo que se quiere eludir. Esa, de hecho, es la reacción emocional inmediata al dar clic al botón de “Publicar”: el sujeto siente un alivio instantáneo a su crisis. Y con el alivio parece que puede, de momento, “pasar a otra cosa”. También por esto las redes sociales se han adherido con facilidad a los patrones adictivos de las personas, pues como el alcohol, la comida, las compras u otros goces, permiten al sujeto lidiar parcialmente con lo que busca evitar: su tristeza, su soledad, la incomprensión de ciertos hechos de su vida… En una palabra, su angustia.

Como en el catolicismo, la confesión en las redes sociales comparte ese descargo de responsabilidad que siente el sujeto ante su propia vida. Con la confesión, el pecador queda eximido de preguntarse por qué hizo lo que hizo, qué de sí mismo lo llevó a actuar de esa manera, y lo mismo con estas “confesiones sociales”. 

Es más fácil o más cómodo, en este sentido, lanzar un tweet sobre lo horrible que es el mundo, lo desgraciados que son todos o lo triste que estoy, que hacerse cargo de las palabras propias e intentar responder la pregunta subjetiva detrás de ese malestar.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Desamor y reconquista del instante: una fórmula contra el miedo a la libertad de nuestra época

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen principal: Pawel Kuczynski

Mujeres francesas escriben en contra del movimiento #MeToo y el puritanismo sexual

Sociedad

Por: pijamasurf - 01/20/2018

Mujeres francesas hablan de un "feminismo estalinista" que condena y ostraciza y una nueva moral victoriana en la que la seducción o el coqueteo son vistos como crímenes

Un grupo de q00 artistas e intelectuales francesas, entre las que se encuentran la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann y la ilustradora Stéphanie Blake, han denunciado lo que consideran que es un nuevo puritanismo sexual ligado al feminismo de la etiqueta #MeToo. Escribiendo en el diario Le Monde, las firmantes señalan que "La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista".

Las mujeres franceses ven el surgimiento de una nueva moral victoriana y notan en el feminismo de este movimiento rasgos similares al extremismo religioso o al totalitarismo, una suerte de estalinismo feminista, en el que los sexos son enfrentados en una especie de guerra de sexos en la que las mujeres son vistas como "pobres indefensas bajo el control de demonios falócratas". Añaden:

Desde el caso Weinstein se ha producido una toma de conciencia sobre la violencia sexual ejercida contra las mujeres, especialmente en el marco profesional, donde ciertos hombres abusan de su poder. Eso era necesario. Pero esta liberación de la palabra se transforma en lo contrario: se nos ordena hablar como es debido y callarnos lo que moleste, y quienes se niegan a plegarse ante esas órdenes son vistas como traidoras y cómplices.

Se ha creado:

una campaña de delaciones y acusaciones públicas hacia individuos a los que no se deja la posibilidad de responder o de defenderse. Esta justicia expeditiva ya tiene sus víctimas: hombres sancionados en el ejercicio de su oficio, obligados a dimitir […] por haber tocado una rodilla, intentado dar un beso, hablado de cosas intimas en una cena profesional o enviado mensajes con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía una atracción recíproca.

El filósofo Ruwen Ogien defendió la libertad de ofender como algo indispensable para la creación artística. De la misma manera, nosotras defendemos una libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual... Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad.